Lo curioso es que, aunque cueste creerlo, estas vibraciones acumulan mucha energía. Sin ir más lejos, en 1940 derribaron el puente Tacoma Narros en Washington y, en 1965 dañaron las torres de refrigeración de la planta de energía Ferrybridge, en Inglaterra. Además, habitualmente estas vibraciones dañan muelles, plataformas petroleras y edificios costeros. "En los últimos 25 años los ingenieros, incluido yo mismo, hemos tratado de suprimir las vibraciones inducidas por vórtices. Pero ahora en Michigan hacemos exactamente lo contrario: realzamos las vibraciones y le ponemos riendas a esta fuerza poderosa y destructiva en la naturaleza", explica Bernitsas.
¿Pero cómo? Desde hace tiempo se sabe que los peces aprovechan muy bien los vórtices que hacen vibrar el agua. "Los peces curvan sus cuerpos para deslizase entre los vórtices creados por los cuerpos de los peces que se mueven delante de ellos", puntualiza Bernitsas. Su fuerza muscular, por sí misma, no podría propulsarlos a través del agua a la velocidad que se mueven, de modo que los peces navegan cada uno en la estela del otro", añade.
VIVACE copia aspectos de esa "tecnología del pez". Cuando el prototipo, con forma de cilindro, se coloca en la corriente surgen vórtices alternativamente arriba y abajo, que lo empujan sobre sus resortes generando energía mecánica. La máquina convierte esa energía mecánica en electricidad. Unos pocos cilindros, calcula su creador, podrían ser suficientes para dar energía a un buque anclado, o a un faro.
"No habrá una solución única para las necesidades de energía en el mundo", reflexiona Bernitsas, "pero si pudiéramos dominar el 0,1 por ciento de la energía en los océanos, podríamos sustentar las necesidades energéticas de 15.000 millones de personas".
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